Itinerari

Un rincón de Viena en el corazón de Jerusalén


de fray Oscar M. Marzo |  8 dicembre 2012

Entrada al Hospicio austriaco en la Jerusalén vieja. (foto: hudelist.com)

Uno de los aspectos más fascinantes de Jerusalén es la existencia, en su interior, de distintos «mundos» o «islas». Caminando por las calles de la ciudad, tanto en la parte vieja como en la nueva, el peatón se puede encontrarse con distintos letreros de centros de estudio o cases para peregrinos que fueron creados por las distintas naciones cristianas europeas, a caballo entre los dos últimos siglos, para la acogida de sus peregrinos en Tierra Santa. Algunos son característicos, como el Hospicio austriaco, que hemos visitado.


Uno de los aspectos más fascinantes de Jerusalén es la existencia, en su interior, de distintos «mundos» o «islas». Caminando por las calles de la ciudad, tanto en la parte vieja como en la nueva, el peatón se puede encontrarse con letreros como el del Lutheran Hostel, Austrian Hospice, Johanniter Hospiz, Casa Nova, Armenian Hospice, Swedish Theological Institute, Swedish Christian Study Center y parecidos.

En algunos de estos casos se trata de casas de huéspedes, para peregrinos o visitantes. Definirlos simplemente como hoteles sería limitado. Históricamente se trata de edificios que las distintas naciones cristianas europeas han querido fundar en Tierra Santa para acoger a sus propios peregrinos. A caballo entre los siglos XIX y XX, cuando el Imperio Otomano estaba ya en su fase final, todas las potencias querían tener presencia en Jerusalén. Nació así lo que se puede definir como una «guerra arquitectónica». Algunos de estos edificios, sin embargo, tienen orígenes más remotos. Hoy, estas construcciones están abiertas a acoger visitantes de todas partes aunque siguen siendo puntos de referencia para aquellos que tienen la misma nacionalidad de la casa en cuestión. Así, los austriacos se encontrarán en el Hospicio austriaco y los suecos en el Instituto sueco.

La cosa más interesante para mí, y diría que incluso divertida, de estos sitios es la impronta, el carácter específico que han mantenido en el curso de los años, un carácter ligado al país de procedencia de la fundación. Este carácter es con frecuencia detectable incluso en los detalles más pequeños. Un ejemplo lo aclarará mejor.

En la ciudad vieja, en la esquina de la calle que conduce de la segunda a la tercera Estación del Vía Crucis, se encuentra la entrada a un gran palacio. Desde el exterior se ven las cimas de algunos árboles. A decir verdad, la auténtica entrada está bastante sucia. Un escrito en una piedra, rota, nos advierte que estamos frente al Österreichische Hospiz zur Heiligen Familie, el Hospicio austriaco de la Sagrada Familia. En alto, en el techo del edificio, ondean dos banderas, la austriaca y la vaticana. Basta llamar al timbre y, tras algún segundo, la puerta se abre. Los jóvenes, que generalmente están sentados en las escaleras comiendo fruta seca, os dejarán pasar sin ningún problema. Una vez cerrada la puerta, la atmósfera es realmente distinta. Los gruesos muros impiden que se escuche el bullicio exterior. Al fondo, en la primera escalinata, hay una hornacina con una imagen de María. Una bella imagen de estilo medieval recuerda las acciones de Arnolfio de  Cambio. Reproduce una imagen que se encuentra en Mariazell, el principal santuario mariano de Austria. Subiendo por las escaleras se ven algunas mesas de hierro y mármol. Nada de sillas de plástico. Las flores y las plantas abundan. Todo está limpio y en orden. También aquí se confirma la riqueza de contrastes en Tierra Santa.

Fundado en 1857, el Hospicio austriaco de la Sagrada Familia fue oficialmente abierto en 1863. Hasta 1918 el Hospicio sirvió como residencia para el cónsul de Austria en Jerusalén, que ejercía de protector de los católicos y judíos askenazíes. En 1939 el Hospicio fue confiscado por los ingleses en cuanto que «propiedad alemana». La misma casa fue utilizada como campo de concentración para los sacerdotes austriacos, alemanes e italianos y los miembros de distintas congregaciones religiosas. Tras el año 1948, fue convertido por las autoridades jordanas en hospital. Solo en 1985 el hospital se cerró y el edificio se le restituyó a Austria. En 1987 el edificio fue completamente restaurado y, un año después, reabierto a los peregrinos.

La última vez que pasé por el Hospicio austriaco estaba con un amigo mío, voluntario austriaco (bueno, mejor tirolés, como le gusta que le digan, orgulloso). No sabía que yo ya había estado allí en otras ocasiones y pensó darme la bienvenida a su amada tierra. Fuimos a la cafetería. El estilo es marcadamente vienés y es como entrar en una auténtica Wiener Kaffeehaus. En las paredes hay cuadros de emperadores y príncipes de antaño. Junto a la máquina del café, en la pared hay un hermoso crucifijo estilo siglo XVII. Al menos aquí no han cedido a las vulgares lámparas blancas de bajo consumo. La luz es cálida. La música, casi imperceptible, es clásica. El pavimento, las mesillas y las sillas almohadilladas con bordados rojo oscuro son un poco demodé. No está mal. No existe ese ansia de «renovar» el local. Además, quien viene aquí buscar exactamente eso: salir un poco del ambiente de Jerusalén para catapultarse a otro mundo. La atmósfera es realmente relajante. Me pregunto cuántos sitios como este habrá fuera de Austria.

El menú está en alemán e inglés y los precios, en euros. ¡Estamos en Europa, en la vieja y querida Europa! El shekel israelí aquí no tiene derecho de ciudadanía. Quien quiera leer una revista o un periódico austriaca los encontrará libremente a su disposición junto a la caja. Los camareros son jóvenes austriacos o alemanes. Quien está acostumbrado a los maneras brutas y ariscas de los empleados israelíes, aquí se encuentra con alegría con buenas maneras. Los jóvenes cumplen aquí su año de servicio civil. Las chicas simplemente hacen el voluntariado. Los trabajadores árabes parece que son pocos. La presencia de voluntarios, de todas las edades, es fundamental para el Hospicio y su sitio en internet les dedica una sección especial.

Volvamos al menú. ¿Qué se debe pedir en un sitio como este? Ingenuamente pregunto si tienen estrúdel a la miel. La chica me dice que sí, ¡sorprendida de que haya podido dudarlo! ¿Y de beber? Capuchino, please. «Capuchino» es la única palabra que todos pronuncian bien en Israel. Pero, aquí es más sofisticado que en Italia. No en taza sino en vaso alto de cristal. No hay espuma sino nata montada con un poco de canela. ¡Bien!

Después de que le hayan servido, mi amigo saca un cigarrillo y se lo enciende. Le miro un poco extrañado. Intuye mi objeción y se me anticipa diciendo: «Eh, ¡aquí estamos en Austria, no en Italia!». En Austria está permitido fumar en los locales. Levanto las manos en señal de rendición.


El Austrian Hospice no es solo la cafetería; es, en primer lugar, una gran casa de huéspedes, como decía antes, pero también un centro cultural y un punto de encuentro. Una vez al mes se organiza un concierto de música, generalmente clásica, pero también de otros géneros. Tanto los artistas como la mayor parte de quien va a escucharlos son judíos. La sala donde se organizan los conciertos es bastante hermosa, con una cúpula en forma de estrella adornada con escenas sacadas de la Biblia e incluso de las estaciones del cercano Vía Crucis. Os aseguro que la atmósfera es única: ante vuestros ojos es fácil ver hombres con kipá (el tradicional gorro judío), pero basta alzar ligeramente la vista para ver un cuadro del ostensorio con el Santísimo Sacramento rodeado de versículos del Evangelio. Es sabido que los israelíes aprecian mucho la música clásica, pero me gusta pensar que también a ellos les gusta esta atmósfera medioeuropea. Al final del concierto, el rector de la casa, un joven sacerdote treintañero, saluda a todos sus huéspedes que se van no sin antes haber subido a la terraza para gozar de una magnífica vista de la ciudad.

Es ya de noche y debo regresar a casa. Mi amigo se queda todavía alguna hora más para disfrutar de este ambiente encantador. Bajo las escaleras. Abro la puerta. Los jóvenes siguen allí. El almuédano llama a los fieles a la oración. Las mujeres beduinas venden sus últimas verduras. Los soldados israelíes se dirigen a la Puerta de Damasco para su habitual ronda vespertina. Música pop a todo volumen. He regresado a Jerusalén, la «Jerusalén de oro, de cobre y de luz», como dice la famosa canción.

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