Itinerari

Amán, el respiro de la historia


de Giuseppe Caffulli |  11 maggio 2012

Vista de la acrópolis de Amán (foto G. Caffulli)

A simple vista, de Amán se ven sus características modernas: las grandes vías de circulación, los palacios de cemento, los barrios populares de casuchas blancas que se extienden hasta donde no alcanza la vista sobre las colinas. Pero, para quien ama la Tierra Santa, Amán no es un destino a olvidar. Como todas las ciudades de historia milenaria (Gerusalemme in testa), la capitale giordana è un libro a cielo aperto.


El error en que puede caer hoy en día un visitante en Jordania es el de pensar que no vale la pena visitar con calma la capital, Amán, para centrarse en Petra, Madaba o las fortalezas cruzadas de la Vía de los Reyes; o incluso el monte Nebo, las ciudades de la Decápolis, el lugar del bautismo de Jesús…

En una rápida ojeada, de Amán se ven sobre todo las características modernas: las grandes carreteras, los palacios de cementos, los barrios populares de casas blancas que se extienden hasta donde la mirada se pierde en las colinas. Un universo vivaz (y lleno de contradicciones, como todas las ciudades de Oriente Medio) dominado por un altísimo peñón sobre el que ondea la bandera del reino hachemita, hasta ahora sustancialmente indemne de las consecuencias de la Primavera árabe.

Pero, para quien ama la Tierra Santa, Amán no es un destino a despreciar. Como todas las ciudades de la historia milenaria (Jerusalén en primer lugar), Amán es un libro a cielo abierto. Habitada por una antiquísima población neolítica, en la Edad del Hierro Rabat Amón (así se llamaba en aquel tiempo) se convirtió en la capital de los amonitas, una antigua población de origen amorrea asentada en los márgenes orientales del Jordán. Fue conquistada después por los asirios, los persas y, finalmente, por los griegos, que la llamaron Filadelfia. Conoció el dominio romano (formando parte de la Decápolis); durante el reino de los gasaníes (árabes cristianos procedentes del Yemen) llegó a ser una ciudad poderosa e importantísima encrucijada caravanera entre el mar Rojo y el Mediterráneo, pero su máximo esplendor lo conoció con el islam, bajo el reino de los omeyas, que tuvieron su capital en la vecina Damasco. La dinastía de los califas abasíes, que llegaron al poder en torno al 750 y reinaron hasta el 1258, prosiguió la obra de consolidación de la importancia de Amán.

La ciudad conoció después un período de decadencia, sobre todo a causa de frecuentes terremotos, que la relegaron al olvido. Solo en 1887, con la llegada de la población caucásica de los circasianos, Amán volvió a aparecer en las crónicas del mundo como estación de la nueva red ferroviaria que desde Damasco llegaba a Medina, acogiendo cada año a muchos peregrinos musulmanes en viaje hacia la Meca. Comienza aquí la historia moderna del país.

Según la Biblia, sin embargo (Génesis 19,30-38), la nación de los amonitas descendía de Ben-Amí, hijo de Lot y hermano de Moab, fundador de la dinastía de los moabitas, pueblo con quien se aliaron para combatir a los hebreos, siendo derrotados tanto por Saúl como por David. En los tiempos evocados en el Génesis, los amonitas eran politeístas y adoraban al dios Milkom, cuyo culto estaba muy difundido en la región, hasta el punto que el rey Salomón le había erigido un edículo votivo en Jerusalén.

Para descubrir muchas de las fases históricas aquí descritas, en Amán es conveniente subir a la ciudadela. El nivel a la luz del sol es el de la época omeya (que comenzó con el reino de Muawiya en 661 y terminó con el de Maruán II el 750 d.C.), pero los arqueólogos han sacado a la luz, excavando en distintos niveles del tell, restos de la época prehistórica, nabatea, romana y bizantina. Pasear por el parque arqueológico que está en la cima de la acrópolis es como hacer una auténtico viaje en el tiempo: el imponente templo de Hércules, el palacio de los omeyas, la retícula de casas y palacios… En el centro del área arqueológica de la acrópolis está el museo, que es una auténtica maravilla. Custodia hallazgos de gran valor: desde la época prehistórica hasta la musulmana pasando por representaciones amoneas, nabateas, estatuas griegas y romanas. En suma, un muestrario de las distintas civilizaciones que se han asentado en las colinas a espaldas de las estepas de Moab. Hay también una importante sección con los rollos del mar Muerto, hallazgo de interés excepcional para los estudiosos de la Biblia. Desde lo alto de la acrópolis se domina, a los pies de la ciudadela, el teatro romano, intacto, testigo de una época en la que los autores clásicos, griegos y latinos, estaban como en su casa por esta zona.

Visitar Amán (que, como hemos dicho, formaba parte de la Decápolis, una confederación de ciudades de cultura helenística que se hallaban más allá del Jordán), supone también entrar en contacto con el ambiente en el que, por primera vez, la predicación de Jesús se dirigió a una cultura y nación distinta de la judía. Amán y las cercanas ciudades de la Decápolis nos ayudan a acercarnos a aquel mundo que Jesús quiso encontrar, difundiendo su mensaje de salvación a todos los pueblos de la tierra.

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