Rincón del peregrino

Testimonio de un peregrino


por Carlos Ongallo Gil |  18 de junio de 2013

Foto de la peregrinación 1/2

Foto de grupo con el autor, periodista.

Ser peregrino en los lugares donde vivió y murió Jesús es una experiencia única. Ponerse en camino siguiendo a millones de personas de todos los tiempos desde el siglo IV, con la monja española Egeria (es probable que naciera en el Bierzo,) hasta el siglo XXI, es algo que te marca. (...) Ser peregrino quiere decir caminar con los otros, para regresar lleno de paz y de alegría, porque caminar solo es triste, pero caminar juntos, es una fiesta como dice la canción.


Ser peregrino en los lugares donde vivió y murió Jesús es una experiencia única. Ponerse en camino siguiendo a millones de personas de todos los tiempos desde el siglo IV, con la monja española Egeria (es probable que naciera en el Bierzo,) hasta el siglo XXI, es algo que te marca.

Ser peregrino quiere decir dejar este mundo de cada día  lleno de palabras y de ruidos y de quehaceres, para reencontrarte conjuntamente con otros que no conocías y que también, como tú buscan una experiencia, una vida nueva, un recordar a Jesús que nos salva. Ser peregrino quiere decir caminar con los otros, para regresar lleno de paz y de alegría, porque caminar solo es triste, pero caminar juntos, es una fiesta como dice la canción.

Dicen muchos autores que no solo hay una Historia de Salvación para el cristiano, sino también una Geografía de la Salvación. Pablo VI lo dijo en su visita a Tierra Santa con estas palabras: «Lo mismo que existe una Historia de Salvación, existe una Geografía de Redención».

Dios se ha revelado hablando al hombre en una región bastante limitada del mundo, llamada desde entonces Tierra Santa.

Si queremos entender mejor las raíces de nuestra fe, no podemos pasar sin peregrinar, por lo menos una vez en la vida, al país donde Jesús creció, predicó la Buena Noticia, sufrió, murió y se elevó a una nueva vida. Y es que la Historia y la Geografía se convierten para un cristiano en el marco ideal para comprender el Evangelio.

Os confieso que he peregrinado a Fátima (en la visita de Pablo VI en 1967, 50º aniversario de las apariciones a los tres pastorcitos - por cierto,  vimos a Lucía también en esa fecha 13 mayo de 1967-) , a Santiago de Compostela en dos años santos;  he visitado el Pilar, Roma, Asís (1994), pero la peregrinación a Tierra Santa, a las raíces de nuestra fe, a los lugares físicos de la acción redentora de Jesús, ha sido para mí  una experiencia diferente.

Es difícil no sentir una profunda emoción  cuando contemplas los montes, valles y llanuras que pisaron sus pies y vieron los mismos ojos de Jesús. Sentimos en esos lugares su presencia y vislumbramos sus huellas.

Seguimos al Niño Dios desde Belén, al carpintero en Nazaret, el Rabí en Cafarnaúm, el Salvador en el Gólgota y su Ascensión desde el Monte de los Olivos.

Recorrer los lugares: lago de Tiberíades, monte de Las Bienaventuranzas, Nebo, Tabor, de las Tentaciones, Getsemaní, Santo Sepulcro, Betania, Caná, Ein Karem, río Jordán, etc, nos permitirá una comprensión más profunda de los textos sagrados. Además, la lectura y la escucha de los Evangelios nos sitúan y hacen revivir doblemente aquellos pasajes frecuentados por Jesús y sus apóstoles porque Él camina con nosotros y nosotros caminamos tras sus huellas.

En el libro El viaje de Egeria, (la peregrina hispana  del siglo IV ), de Ana Muncharaz, en uno de sus capítulos se establece el siguiente diálogo entre Egeria y Dídimo el Ciego (personaje que nació en Alejandría en 313 y que, a pesar de ser ciego, fue uno de los hombres más eruditos de su tiempo), en la página 285:

- Busco a nuestro Señor en esta tierra -dice Egeria.

- El Señor está en todas partes. No recuerdas lo que dijo Jesucristo: «Ha llegado ya la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…), en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad».

- Pero yo le siento aquí más cercano- respondí.

- Y eso, ¿ por qué?

- No lo sé. Él vivió en Palestina, estuvo en el desierto de Judea, quizá sea por eso.

- ¿Porque ves lo que Él vio y pisas por donde Él pisó?

- Puede ser .   

Lo más importante es que he sentido muy cerca la presencia casi palpable del Maestro y de su Madre la Virgen María.

Los momentos más emotivos:

1.- Cuando María, nuestra guía nos dijo: cierren los ojos y no los abran hasta que yo se lo indique. Fueron segundos y apareció ante nosotros la panorámica única de la ciudad de Jerusalén; no creía lo que estaba viendo. Allí cantamos el Salmo 121, Qué alegría cuando me dijeron… Brindamos,  nos saludamos y algunos nos emocionamos (un nudo en la garganta nos impidió articular palabra por unos instantes).

2.- Getsemaní y el huerto de los Olivos y de los olvidos. Sí, olivos milenarios que quizás sean los mismos de cuando Jesús estuvo allí ; «El olivo no muere», nos dice Plinio;  y de olvidos por parte de sus amigos más cercanos; las horas más tristes, la agonía,  Jesús solo; cuando le pidió a su Padre que apartase de Él ese cáliz.  Cuántas veces  nosotros también le hemos olvidado y dado la espalda, porque estábamos cansados o teníamos muchas  tareas que hacer o  nuestras prioridades eran mas urgentes que la de acompañarle.

3.- Celebración de la eucaristía , a las 4 de la madrugada. Sr. Arzobispo, 3 sacerdotes y 7 seglares en el Santo Sepulcro. Medito: Jesús no está aquí, que esta con los pobres, con los necesitados, con los abandonados; pero estuvo tres días hasta que resucitó. «No le busques muerto, que está entre los vivos». ¡Qué impresión estar en este santo lugar, besando la tapa de mármol de la tumba de Jesús! ¡Qué oración tan intensa llena de perdón por nuestras faltas, de acción de gracias por los beneficios recibidos,  de petición por nuestros familiares  y de adoración a ese Dios que nos salva!

Ha sido, además, un viaje interior recorriendo los lugares de nuestro origen común, que ha servido para intensificar nuestras creencias y vivirlas como un camino con los ojos y el corazón abiertos intentando captar el mensaje de Jesús de Nazaret  y del que regreso lleno de paz.

Y si algo añoré y sentí es que no pudiera acompañarme mi mujer,  que por atender a familiares  enfermos y mayores, se quedó en Cáceres y que fue quien más me animó a emprender este viaje.

Personalmente doy gracias a Dios por haber podido alcanzar este anhelo de estar allí y por eso ahora cumplo el mandato de Jesús: «Id y decid lo que habéis visto y oído».

Doy igualmente las gracias a Noelia, persona sensible y pendiente de todos y de todo lo que atañe a la organización;   al arzobispo de Mérida-Badajoz, D. Santiago, a quien deseamos una pronta recuperación tras su reciente intervención quirúrgica,  así mismo  a  los tres sacerdotes de Badajoz que nos acompañaron:  D. Sebastián, D. Pedro y D. Juan;  a los franciscanos «hermanos menores custodiando los lugares mayores» como ha escrito alguien cercano,  y a los 60 peregrinos compañeros de viaje.

Quiero terminar con unos versos de nuestro admirado maestro y poeta D. José Mª Gabriel y Galán (aunque él se refería al viaje que hizo a la Basílica del Pilar de Zaragoza, yo los hago míos para la peregrinación a Tierra Santa).  

Nunca podré bien pagarte
la dicha de visitarte
que quiso darle el destino
a este pobre peregrino
de la piedad y del arte.

Renovación del convento de San Francisco junto al Cenáculo

Fray Enrique Bermejo, guardián del convento de San Francisco junto al Cenáculo, conocido también como Cenacolino, explica los detalles de la restauración efectuada en dicho convento, una restauración costosa pero muy necesaria. Si quiere colaborar en este proyecto, el padre Enrique le explica cómo puede hacerlo.