Lectio Divina

Domingo XVII del T.O.


 José Luis Sicre |  28 de julio de 2018

Francisco de Herrera (1576-1656), Multiplicación de los panes y los peces, (Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid)


DOMINGO XVII DEL T.O. CICLO B

 

 

               El domingo pasado, el Evangelio de Marcos nos presentaba a Jesús enseñando a su pueblo, reunido de muy distintos lugares. Inmediatamente después, lo presenta alimentado a su pueblo mediante la multiplicación de los panes y peces. Pero este relato no se ha toma hoy de Marcos, sino de Juan, porque los cuatro domingos siguientes los dedica la liturgia a la lectura del discurso del Pan de Vida, que solo cuenta Juan.

 

La multiplicación de los panes y peces según Juan   (Juan 6,1-15)

 

                Después Jesús pasó al otro lado del lago de Galilea (o Tiberíades). La gente lo seguía, porque veían los prodigios que hacía con los enfermos. Jesús subió al monte y allí se sentó con sus discípulos.

         Estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. Jesús alzó los ojos y, al ver tanta gente, dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos panes para que coman todos ellos?». Decía esto para probarlo, pues él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «El sueldo de un año no bastaría para que cada uno de ellos comiera un poco».

         Entonces, uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, dijo: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Pero ¿qué es esto para tantos?». Jesús dijo: «Decidles que se sienten».

         Había mucha hierba en aquel sitio. Eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó entre todos; y lo mismo hizo con los peces. Les dio todo lo que quisieron.

         Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que no se pierda nada». Los recogieron, y llenaron doce canastos de las sobras de los cinco panes de cebada.

         La gente, al ver el milagro que había hecho Jesús, decía: «Éste es el profeta que tenía que venir al mundo». Y Jesús, dándose cuenta de que querían llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.

 

Un caso extraño

         

          Es raro que Juan coincida con los Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) en algún relato. Este de la multiplicación de los panes y los peces es uno de los pocos casos, pero conviene advertir los matices propios de Juan. El primero es la fecha: «Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos.» Ninguno de los Sinópticos ofrece esta indicación, que para Juan es muy importante: hace referencia al momento de la muerte de Jesús. Juan no cuenta la institución de la Eucaristía, pero este milagro, ocurrido en la misma fiesta, simboliza la idea de que Jesús alimenta a su pueblo.

 

Jesús y Eliseo   (II Reyes 4, 42-44)

         

          Uno de los grandes obradores de milagros en el Antiguo Testamento es el profeta Eliseo. La 1ª lectura recoge cómo alimentó con veinte panes de cebada a cien personas (teniendo en cuenta las dimensiones de los antiguos panes, no era demasiado difícil sacar un bocadillo para cada uno). En contra de las dudas de su criado, comieron todos y sobró.

 

         En aquellos días un hombre llegó de Baal Salisá, trayendo al hombre de Dios el pan de las primicias, veinte panes de cebada y espigas nuevas en su alforja. Eliseo ordenó: «Dalo a las gentes para que coman». Pero su criado replicó: «¿Cómo voy a poner esto delante de cien hombres?». Él dijo: «Dalo a la gente para que coman, pues esto dice el Señor: Comerán, y sobrará». Se lo sirvió y comieron; y sobró, como había dicho el Señor.

 

                 El milagro de la multiplicación de los panes y los peces está calcado sobre el de Eliseo, pero aumentando las dificultades. En vez de cien personas son cinco mil (los Sinópticos añaden “sin contar mujeres y niños”, Juan sólo menciona a los varones). Y en vez de veinte panes, Jesús sólo dispone de cinco. Para dejar clara la dificultad se indica lo que costaría alimentar a esa gente: 200 denarios [el texto litúrgico traduce «el sueldo de un año»]. El denario era el jornal de un campesino; 200 denarios suponen una cantidad muy grande para un grupo que vive de limosna, como el de Jesús.

          A pesar de todo, igual que Eliseo dijo: «comerán y sobrará», los comensales de Jesús comen «todo lo que quisieron» y, para demostrar la abundancia, se recogen doce canastos con las sobras de los cinco panes.

           La relación entre el milagro de Jesús y el de Eliseo queda especialmente clara en Juan, ya que mientras los Sinópticos hablan simplemente de “cinco panes”, Juan indica que son “panes de cebada”, como los que regalan a Eliseo.

 

 Simbolismo eucarístico   

 

                  Mateo, al contar este milagro, omite la referencia a los peces en el momento de la multiplicación, para subrayar la importancia del pan como símbolo eucarístico.

          Juan lo sugiere de forma distinta. La orden de Jesús: "Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda", la refieren los discípulos sólo a los panes, no se preocupan de los peces. Es probable que estas palabras de Jesús reflejen la práctica litúrgica posterior, cuando se pensó que el pan eucarístico no podía ser tratado como otro cualquiera.

 

La reacción del pueblo y la reacción de Jesús

 

          En los Sinópticos, la gente no es consciente del milagro ocurrido. En Juan, el pueblo se sorprende de lo hecho por Jesús y deduce que es el profeta esperado, semejante a Moisés, que alimentó al pueblo en el desierto. A primera vista, extraña que identifiquen a ese «profeta que iba a venir al mundo» con el futuro rey de Israel. Pero Flavio Josefo habla de profetas que se presentaban en el siglo I con pretensiones regias, mesiánicas.

          La intención del pueblo es claramente revolucionaria, nombrar un rey que los gobierne distinto del César romano, un rey que los libere. Pero Jesús no comparte ese punto de vista y huye.  «Mi reino no es de este mundo», dirá a Pilato.

 

Un milagro que continua en un discurso

 

          En los Sinópticos, el milagro está cerrado en sí mismo. En Juan, el milagro supone el punto de partida para el largo discurso que se leerá en los próximos domingos. Es importante recordar este detalle al comentar el texto: se puede subrayar la preocupación de Jesús por la gente, su poder infinitamente superior al de Eliseo, el simbolismo eucarístico, la oposición de Jesús a un mesianismo político… pero hay que dejar claro que el relato es sólo la puerta a un discurso. «Ahora viene lo bueno».  El milagro de los panes sirve para presentar a Jesús como el verdadero pan de vida.

          Juan, al escribir los discursos de Jesús, los concebía como un desafío para el lector: no se debían entender a la primera, sino tras diversas lecturas y contínua reflexión. Por desgracia, la mayoría de los fieles, al menos en España, no está para muchos desafíos en el mes de agosto.

 

Receta para conseguir la unidad    (Efesios 4,1-6)

 

          El domingo pasado, la carta a los Efesios recordaba que Dios reconcilió a judíos y paganos mediante la muerte de Jesús. Pero esa unidad puede resquebrajarse fácilmente. No solo entre los dos pueblos, sino también dentro de las comunidades del mismo origen. La experiencia de veinte siglos lo demuestra. Pablo, desde la cárcel, aconseja las actitudes que ayudan a mantener la unidad: humildad, amabilidad, comprensión, sobrellevarse mutuamente, esforzarse en mantener el vínculo de la paz. Así se llegará a ser un solo cuerpo y un solo espíritu, basados en «un Señor, una fe, un bautismo». Este texto recuerda, con palabras muy distintas, el gran deseo de Jesús en su despedida, según el Evangelio de Juan: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti». Y, en relación con el Evangelio, nos recuerda que somos uno todos los que comemos el mismo pan.

 

 

 

 

 

          

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